El Amor siempre da frutos

El Amor siempre da frutos

Hay ciertas realidades en el mundo que son opuestas entre sí, pero a la vez tan cercanas, que las medimos una en función de la otra. Por ejemplo, el frío lo medimos en función del calor y decimos: “¡Estamos a cinco grados, hace frío!”. En realidad, sentimos frío por la ausencia de calor.

El hombre y la mujer son completos y son perfectos en sí. Sin embargo, requieren de un complemento, de su opuesto, para alcanzar la plenitud de la feminidad o la masculinidad. El hombre y la mujer son naturalmente complementarios el uno para el otro. Esto, además de ser conveniente, es hermoso y da fruto.

Que efecto tiene el Amor reciproco entre el hombre y la mujer?

El ser hombre no se entiende sin la mujer y el ser mujer sin el hombre.

En el otro: El hombre no es plenamente hombre sin la presencia de la mujer, ni ella es plenamente humana sin el complemento del hombre. Cualquier separación teórica o institucional del hombre y de la mujer, o cualquier sobrevaloración de uno por encima de otro contradice la naturaleza del ser humano. Ambos son correspondientes uno del otro, y ambos se enriquecen mutuamente.

La dignidad de la persona humana, hombre y mujer, no la otorga ni la sociedad, ni las instituciones o movimientos externos, le corresponde por el solo hecho de ser. El hombre y la mujer tienen, por tanto, la misma dignidad y se complementan por sus características, en sus funciones y en su misión.

El hombre y la mujer se realizan en función uno del otro: juntos forman su familia como un proyecto común: la mujer, como esposa y madre, y el hombre, como esposo y padre. Ni la mujer puede ser padre o esposo, ni el hombre puede ser madre o esposa, es constitutivo del hombre y de la mujer, por lo tanto, no puede ser intercambiable.

En la sociedad: Por naturaleza la persona es existencialmente social, tiene necesidad de interactuar con los demás. De forma muy particular varón y mujer fueron creados por Dios para ser ayuda mutua, para que siendo diferentes pudieran complementarse. El hombre y la mujer llevan en su propio cuerpo, en su psicología y en todo su ser inscrita la vocación al amor que se realiza de forma natural y plena en el matrimonio.

Hombre y mujer encuentran su sentido en el otro, son capaces de dar vida y educar a sus hijos gracias a la complementariedad biológica, psicológica y espiritual. Se ayudan a lograr sensatez y objetividad por la complementariedad espiritual y a conquistar la estabilidad emocional por la complementariedad psicológica.

En los hijos: Fruto natural del amor de los padres. Podemos ver en la naturaleza que el hombre y la mujer tienen inscrito en su cuerpo la capacidad de ser padres, el amor fecundo está inscrito en su naturaleza. La unión conyugal que expresa el amor entre ellos, pero al mismo tiempo trasciende en el fruto de ese amor: LOS HIJOS.

El amor de los esposos se personifica en el hijo. Es difícil dudar o argumentar en contra de la reciprocidad y la complementariedad del hombre y la mujer cuando el fruto de la unión de dos seres contrastantes es una nueva persona, ella evidencia y reafirma el amor de sus padres en cada una de sus facciones y en cada uno de sus actos.

Los hijos son lo que hace fecundo el amor.

El desarrollo humano e integral de un hijo implica el amor de los esposos, y el hijo es un fruto de ese amor.

La paternidad supone responsabilidad, no solo ante la familia como tal, sino ante el hijo que podría nacer, cuya existencia está en juego y con frecuencia se pasa por alto cuando se busca vivir de una manera cómoda, buscando solamente la satisfacción personal.

Ante la posibilidad de dar vida a un hijo se presentan dos posibles actitudes: una paternidad responsable o una paternidad confortable.

Como sería cada una de estas actitudes?

Paternidad confortable:

  • Se pierde de vista que la vida comienza en un instante pero no termina nunca.
  • Se desvincula el amor de la vida.
  • Al hijo no se le considera un bien en si mismo.
  • La decisión de acoger o no una nueva vida esta sustentada en los intereses individuales y en valores perecederos.
  • Se antepone la comodidad al amor.
  • Falta apertura al otro, solo se busca el beneficio individual.

Paternidad responsable:

  • Saben que los hijos son para la eternidad.
  • Reconocen el valor de cada hijo como insustituible.
  • Conocen y respetan la propia fertilidad.
  • Anteponen la libertad auténtica a las pasiones.
  • Deliberan juntos, fundamentando su decisión en el amor, buscando el bien auténtico del matrimonio, y de los hijos por nacer.
  • Asumen juntos su misión de padres.
  • Se respeta la verdad y dignidad del acto sexual abierto a la vida.
  • Asumen la consecuencia natural del acto sexual.
  • Saben que siempre es mejor existir que no existir.
  • Reconocen que lo mejor que se le puede dar a un hijo es un hermano.

La vida de un hijo es un don, no un derecho; para un matrimonio el que su amor llegue a personificarse implica la acción milagrosa y gratuita de Dios, por eso el nacimiento de un hijo no se puede considerar un derecho de los esposos.

Cuando lo consideramos un derecho y queremos un hijo a cualquier costo, recurrimos fácilmente a cualquier método para conseguir un embarazo, probablemente sin darnos cuenta de que estamos cosificando al hijo, al acto sexual e incuso al esposo o esposa.

Un hijo no puede considerarse como un objeto que se adquiere a toda costa, como quién adquiere un carro último modelo, satisfaciendo un capricho.

Tanto el padre como la madre son administradores de un poder que sobrepasa sus capacidades humanas. Se trata de una encomienda sublime: ser instrumentos para manifestar, en su amor esponsal, el amor de Dios.

Cada matrimonio tiene el compromiso de valorar y respetar la vida en su justa dimensión, que implica no sólo ser colaboradores de Dios en la creación de más personas, sino también respetar la dignidad con que cada ser viene al mundo: es decir, ofrecer a cada recién nacido el amor y la calidez que merece por el solo hecho de existir.

Podemos comparar la Creación con una obra artística en la que Dios utiliza un lenguaje simbólico para transmitirnos su idea de amor y de belleza, el cual podemos ver en los mares, las ores, las montañas, los planetas… En particular, su genio artístico se volcó en la creación de Adán y Eva. Dios deseó hacer al hombre a su imagen y semejanza.

“Hombre y mujer los creó”, los creó completos, pero complementarios; contrastantes, pero recíprocos. En el contraste del hombre y la mujer brilla la belleza y el amor de Dios, porque es una unión hermosamente estética y a la vez fecunda.

Algunos consejos prácticos para valorar la fecundidad del matrimonio:

  • Ver y apreciar a cada hijo como un don.
  • Ser realistas en las decisiones respecto a la vida. Evitar tomar en cuenta sólo los aspectos 
económicos; un hermano es el mejor regalo que se le puede hacer a un hijo.
  • Hablar positivamente sobre el embarazo, el don de una nueva vida y los bebés, sobre todo 
ante los hijos para que descubran el valor de la vida y de sí mismos.
  • Comentar con los hijos los momentos gratificantes de cuando estaban esperando a cada uno 
de ellos, cuando recibieron la noticia y los vieron por primera vez.
  • Ver en familia videos o fotos del embarazo y/o nacimiento de cada hijo.
  • Aprovechar los embarazos de personas cercanas para comentar con ellos acerca del don de 
la vida.
  • Aprovechar momentos de oración en familia para pedir por los niños que están por nacer.
  • A la llegada de un nuevo hermano de sexo distinto, aprovechar para platicar con ellos sobre 
cómo son diferentes las niñas de los niños y de las riquezas que cada uno aporta a la familia.
  • Involucrar a los hijos en la llegada de un nuevo hermanito. Por ejemplo, que le platique o le cante desde antes de nacer, que ayude a escoger nombres, arreglar el cuarto, elegirle ropita, 
compartirle sus juguetes, etc.
  • Preguntarnos qué nos impide tener otro hijo.
  • Material del programa Edificar la Familia de Familia Unida A.C.
  • Preparó: Luz Elena Rico de Garza
  • Consultora Familiar – Centro Familia Unida Chihuahua A.C.

 


Leave a Reply