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¿Qué es la teología del cuerpo?

La teología del cuerpo es el título que el Papa Juan Pablo II le dio a las 129 catequesis sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio

La teología del cuerpo es el título que el Papa Juan Pablo II le dio a las 129 catequesis sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio que impartió entre septiembre de 1979 y noviembre de1984.

Es una pena que estas catequesis no hayan sido divulgadas más de lo que ya lo han sido. La riqueza que contienen tiene el potencial de renovar el matrimonio, la familia y la vida entera de la Iglesia y del mundo. Lo que Juan Pablo II nos plantea no es solamente una visión renovada de la sexualidad humana y el matrimonio, sino una visión renovada del hombre y de la mujer como imagen de Dios y, por implicación, una visión renovada de la doctrina católica completa. A través del prisma del matrimonio y el amor conyugal, el Papa nos plantea un redescubrimiento de quién es Dios, quién es Cristo, qué es la Iglesia y quiénes somos nosotros mismos.

Refiriéndose a la enseñanza de Cristo en el Sermón de la Montaña, de no desear a ninguna mujer con lujuria en nuestro corazón (cf Mateo 5:28), el Papa nos dice que “Bien considerada, esta llamada que encierran las palabras de Cristo en el Sermón de la Montaña, no pueden ser un acto separado del contexto de la existencia concreta. Es siempre, aunque sólo en la dimensión del acto al que se refiere, el descubrimiento del significado de toda la existencia, del significado de la vida” (Catequesis del 29 de octubre de 1980, énfasis añadido).

Durante mucho tiempo la teología cristiana tuvo una fuerte influencia de la filosofía griega antigua, sobre todo de la de Platón. Platón enfatizaba la bondad del alma y tenía la tendencia a menospreciar el cuerpo. Sus discípulos ideológicos exacerbaron más aún este dualismo entre el cuerpo y el alma. Con el correr del tiempo, ciertos movimientos pseudo-religiosos, como el maniqueísmo y el gnosticismo, llegaron al extremo de condenar la materia como mala en sí misma y a rechazar al mismo matrimonio, debido a la dimensión sexual que éste comporta.

Por otro lado, cuando la Iglesia primitiva comenzó a difundirse por el Imperio Romano, se encontró con un mundo moralmente decadente. Los paganos no respetaban ni la sexualidad ni el matrimonio. La degradación moral en el campo de la sexualidad humana se reflejaba incluso en ciertos cultos de las “religiones” mistéricas, en los cuales los miembros de esas sectas se involucraban en la práctica abominable de la prostitución “sagrada”.

La Iglesia no vaciló en condenar ambos extremos. Sin embargo, por la influencia de la filosofía griega, sobre todo de corte platónico (algunos de cuyos elementos son muy positivos), así como por reacción a la degradación moral que la rodeaba, comprensiblemente, cierto temor a lo sexual, se filtró en su práctica pastoral y en algunos aspectos de su disciplina espiritual. De ahí que no pocos cristianos, aún hoy en día, tengan una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de la misma sexualidad y piensen, erróneamente, que sus cuerpos son un obstáculo para su vida espiritual. Incluso, para muchos católicos que tienen una visión correcta de la sexualidad humana y del matrimonio, sería totalmente nuevo y sorprendente el concepto de una “teología del cuerpo” o del “significado esponsal del cuerpo”.

Sin embargo, para Juan Pablo II, esta visión dualista que separa al cuerpo del alma y que tiende a condenar al primero y a exaltar a la segunda, es totalmente falsa y dañina. Es cierto que lo espiritual tiene prioridad sobre lo material. Pero también es cierto que “El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales” (Catecismo de la Iglesia Católica, número 1146). Por ello Cristo instituyó los sacramentos, que son “signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina” (Catecismo de la Iglesia Católica, número 1131). Precisamente, y como ya todos sabemos, el Hijo Eterno de Dios, se encarnó, es decir, asumió una naturaleza humana, que incluye un alma y cuerpo humanos, para darnos a conocer al Padre y, al mismo tiempo, salvarnos del pecado y de la muerte (cf Juan 1:14; Filipenses 2:5-8; Hebreos 10:5-7; Catecismo de la Iglesia Católica, números 461-462).

De hecho, esta visión positiva de la realidad material antecede al cristianismo. La encontramos ya en la primera página de la Biblia, en el Génesis. Dios le reveló a su Pueblo Israel, por medio de hermosos símbolos, cargados de profundas verdades religiosas y morales, la bondad de la Creación, tanto material como espiritual, de la cual Él es el Autor: “Y vio Dios que era bueno … muy bueno” (Génesis 1:4, 10, 12, 14, 18, 21 y 31).

La cultura actual también ha caído en una visión errónea de la sexualidad humana y del cuerpo. Sin embargo, esta obsesión con la sexualidad y el cuerpo no proviene en realidad de una excesiva valoración de estas dimensiones de la persona humana. Al contrario, la hipersexualización de nuestra sociedad moderna tiene su causa en una infravaloración de la sexualidad humana. La obsesión con el sexo de la sociedad actual tiene su raíz en el vacío de amor que sufre por haber abandonado a Dios. La gente ha sustituído la búsqueda del verdadero amor (humano y divino) por el placer intenso e instantáneo que proporcionan las relaciones sexuales. Sin embargo, luego queda más vacía que antes, sólo para caer en la misma frustración una y otra vez o, incluso, para caer en los excesos más abominables y absurdos, los cuales conducen a toda clase de enfermedades físicas y psíquicas. Todo ello demuestra que el error de la cultura contemporánea no consiste en una exagerada apreciación del cuerpo y de la sexualidad, sino al contrario, en no caer en la cuenta de que se trata, como ha dicho el propio Juan Pablo II, de un “valor que no es suficientemente apreciado” (Catequesis del 22 de octubre de 1980). En otros palabras, por no apreciar suficientemente el valor que Dios mismo le ha dado a la sexualidad humana, al matrimonio y al amor conyugal, la gente anda como loca buscando el placer por sí mismo, divorciado éste del verdadero amor, del verdadero gozo, de la vida y de la familia.

La tarea que tenemos los cristianos ante nosotros no es la de regresar a un rigorismo inútil que no conduce a nada. Tampoco es la de transigir con el hedonismo actual, en base a un presunto y falso “ponerse al día”. No son la Iglesia y el Evangelio los que tienen que conformarse al mundo de hoy, es el mundo de hoy el que tiene que conformarse a Cristo. Pero, para lograrlo, no sirven los discursos y las cantaletas de un moralismo rancio y aburrido. Lo que hace falta es un redescubrimiento del Evangelio (la buena y gozosa noticia) de Dios sobre el amor conyugal, la sexualidad humana y la vida que surge del matrimonio, es decir, de la familia y todo ello en total fidelidad al Magisterio de la Iglesia, el cual está compuesto por el Papa y los obispos que están en comunión con él.

Dios tiene un mensaje bellísimo y positivo sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad y el amor humano verdadero. No podría ser de otra manera. ¡Él es Quien los ha creado! Juan Pablo II ha llevado a cabo la tarea de redescubrir y expresar ese mensaje en su “teología del cuerpo”. Otras personas se han encargado de resumir y simplificar esa teología en un lenguaje más sencillo. Nuestra tarea es la de recibir ese mensaje, estudiarlo, meditarlo, vivirlo y difundirlo. ¡Manos a la obra!
Fuente: Catholic.net

Familia Unida los invita a participar en el Diplomado de Teología del Cuerpo:
“El Esplendor del Amor En El Cuerpo; El Legado de Juan Pablo II que salvará el amor humano”
1a. Sesión – 30 sept y 1-2 Octubre

2a. Sesión – 28-30 Octubre

3a. Sesión – 11-13 Noviembre

4a. Sesión – 2-4 Diciembre
Impartido por el Mtro. Oswaldo Lozano. Director del Instituto Juan Pablo II, sede Monterrey


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El que quiera amor celeste… Segunda de 2 partes.

Continuación de la semana anterior…

TRECE ÁMBITOS CONFLICTIVOS Y COMO RESOLVERLOS

1. Comunicación

Cuando surge un conflicto, frecuentemente lo que hay es un problema de comunicación. Es la causa de la mayor parte de los problemas conyugales (85%).

¿De qué hablar en el matrimonio? De todo, pero principalmente de la intimidad. Lo más difícil, lo que más cuesta, lo más necesario, lo más útil, lo que a diario conduce a la felicidad.

2. Valores

¿Cuántas veces han hablado marido y mujer de valores? Una vez hice un experimento muy crítico y un tanto fuerte. Seleccioné unos matrimonios con hijos. Vi a cada cónyuge a solas para que me dijera en qué cinco valores, jerárquicamente, estaba educando a los hijos. Ningún valor coincidía en algunas parejas, entre el marido y la mujer.

Si se pregunta a una señora cómo ordenaría su marido diez valores —honradez, laboriosidad, valentía, generosidad, simpatía, sinceridad, magnanimidad, tolerancia, solidaridad y fortaleza, por ejemplo— y no lo sabe, esa mujer no conoce a su marido. Y, lo más grave, ¿en qué está educando a sus hijos esa pareja?

3. Cómo vive un cónyuge la profesión del otro

La mujer siempre está enfadada porque el marido viene muy tarde y se levanta muy temprano. Pero como actualmente tantísimas mujeres trabajan, lo que encontramos en los maridos son otros problemas.

«A mí me molesta muchísimo que mi mujer nunca venga a comer»; «Hasta ahora estaba muy contento de su trabajo pero, como la han promovido en la empresa, tiene que hacer tres viajes a la semana, y ya le he dicho que o empresa o familia»; «Últimamente ha cambiado de trabajo y resulta que come fuera con sus compañeros de trabajo, por cuestiones de la oficina»; «Mi mujer gana más que yo y eso lo llevo mal»… Lo importante es que ambos detecten hasta qué punto el trabajo es ya un obstáculo y no un medio al servicio de un fin.

4. Poder: su reparto y toma de decisiones

Desde Adán y Eva hasta hoy, la mujer ha mandado en casa y hacía como que mandaba el marido. De unos años para acá, ya ni eso hace. Por tanto, hay que adaptarse al cambio o recambiar el cambio.

El poder en una familia es enorme, tanto, que debe repartirse. Por ejemplo, quién decide qué comer, qué coche comprar, dónde ir de vacaciones, el colegio de los niños… En los primeros años del matrimonio suele ocurrir que cada uno va a la conquista de más poder, luchan por ver quién gana y eso no es bueno, porque la familia no está para conseguir poder.

Quien esté mejor preparado para algo deberá gobernar ese determinado asunto. Si la mujer es una excelente contadora, que se ocupe de los presupuestos, pagos, gastos. Si el marido es muy humanista y confunde los números, ¿cómo va a llevar eso? Están para ayudarse, no para matarse. Por tanto, uno delega en otro lo que escapa a sus capacidades. La familia no es monárquica, es bicéfala. Y cada cabeza vale tanto como la otra, no menos, no más.

La racionalidad debe aplicarse al poder, a su reparto y cambio. Por eso, hay que dialogar las decisiones. Basta con que uno decida sin consultar al otro para que comience un conflicto.

5. Familia de origen

«Hay que abandonar a padre y madre para casarse».Pues eso se pide: abandonar. ¿Quién está antes en el orden del afecto de un cónyuge, sus padres o su pareja? Primero su marido, primero su mujer; luego los hijos y después los padres. Esto no quiere decir que haya que dejar de querer a los padres y no vivir la justicia con ellos. Si están enfermos o necesitan ayuda, los hijos casados deberán atenderlos, pero el afecto tiene que ser ordenado.

6. Economía

Esto cada día crea más problemas. «Mi mujer es manirrota, gasta demasiado»; «Mi marido se dedica, como buen ludópata que es, a gastarse el dinero y, claro, arruina a la familia». O la mujer que ahorra, sin comentárselo a su marido, para hacer regalos a dos sobrinas. ¿Dónde está la confianza? «Es que si le digo algo se enfada».

Basta con negociar el presupuesto, ver si pueden cubrir un gasto extraordinario y hablar siempre con la verdad por delante.

7. Sexualidad

Si un cónyuge ignora qué es lo que más satisface al otro en las relaciones sexuales, está viviendo muy mal su matrimonio. No valen los pretextos, ella tiene derecho al cuerpo de él y viceversa. Y de eso se puede hablar limpiamente, no como carniceros.

A veces viven la sexualidad sin afectividad. Eso es un desastre. No hablan, pero sí tienen relaciones íntimas. Hay que cuidar mucho este aspecto, ser muy cariñosos, sobre todo los varones. Suele ocurrir que la mujer se sienta violada por su marido, sólo porque él no es delicado ni afectuoso con ella.

También ocurre que han discutido de algún problema y la contestación se presenta en este ámbito. Como han discutido, el sexo es la forma de tomar la revancha: él muestra su deseo y ella se niega. Luego, él traslada el problema sexual a otra órbita. Ella le pide dinero para los gastos y él se lo niega, hasta que la situación se torna insoportable.

Cada problema hay que resolverlo en su propio ámbito; no cabe escapar de un ámbito y buscar compensaciones en otro, porque si no todo se enreda cada vez más.

8. Ocio y tiempo libre

Cuando ya hay hijos, esto es muy importante. Es absolutamente necesario que marido y mujer busquen ratos de ocio y tiempo libre porque es el ámbito en que dos personas se encuentran. No para hablar de los hijos ni para sacar la navaja, pelear y pasarse facturas no pagadas, sino simplemente para pasarlo bien. Simplemente para mirarse, para sacar lo que uno tiene en su intimidad y compartirlo; para coincidir en un lugar de encuentro.

9. Educación de los hijos

Habitualmente el hombre ha delegado la educación en la mujer. Esto es pésimo para los hijos. A veces aparece el conflicto porque ella grita mucho a los hijos y él no lo soporta. Conozco hombres que se han divorciado por eso.
Tampoco vale que la mujer diga: «ya verás cuando llegue tu padre». Él no es un gendarme que siempre saca la porra. El padre tiene que jugar con los hijos —de dos años, y de tres, y de cinco, y de diez—, darles su tiempo todos los días.

Las madres, que son buenas educadoras, se darán cuenta que cuando un padre toma esa responsabilidad es capaz de hacerlo tan bien como ella. Un señor que se lleva a sus hijos un domingo por la mañana a cualquier lugar y regresa con unos niños encantados de haber estado con su padre, es lógico que la madre se una más a su esposo. La relación padres-hijos mejora la relación esposo-esposa.

Una de las cosas que generalmente más admiran los hombres es lo buena madre que es su mujer. ¿Qué pasaría si una de las cosas que más admirasen las mujeres fuera el buen padre que es su marido? Pero, por el momento, los varones ni se han matriculado en la asignatura. Hay que hacerlo enseguida.

10. Salud física y psíquica

Esto les toca a casi todas las parejas: quien no tiene una hepatitis, tiene una úlcera, reuma, cataratas… Pero también sucede en lo psíquico. Hay matrimonios que se han unido muchísimo por la enfermedad de los hijos, y al revés.
El impacto de la enfermedad en la familia es tremendo —en tiempo, dinero, agresividad, esfuerzo, frustración—. No se puede dejar solo al otro cónyuge con un hijo enfermo.
La enfermedad de los suegros también es posible causa de problemas. A veces él no quiere saber nada: «son tus padres». También sucede lo contrario. Conozco un caso en que estaban a punto de romper. De pronto, la madre de ella enfermó y él le dijo que no durmiera todas las noches con su madre, que se turnarían. El marido sintonizó muy bien con la suegra y propuso ir él todas las noches. Ella estaba encantada de que su yerno estuviera ahí, incluso le pidió a su hija que ya ni fuera, porque su marido la atendía muy bien.

Esta mujer que estaba a punto de romper su matrimonio, me dijo: «Si alguna vez he sentido que mi marido me ha querido es cuando se iba todas las noches a cuidar de mi madre». Se acabaron los problemas. La enfermedad, la salud, pueden unir mucho o romper mucho.

11. Relaciones sociales

¿Quiénes entran a la casa? ¿Sólo los amigos de ella? ¿Sólo los compañeros de trabajo de él? ¿Es una casa abierta, semiabierta, cerrada? ¿Han perdido amistades desde que se casaron? ¿Es fácil hacer amistad? ¿Cenan a veces fuera con otros amigos? ¿En casa se oye música? ¿Hay ruido y televisión? ¿Se puede leer algún libro? ¿Hay alguien que alguna vez pueda contar un cuento a los hijos, antes de dormir? Estos son los puntos que hay que tocar en este rubro. En una familia encapsulada es muy probable que aparezcan problemas.

12. Política y debate cultural

No es muy frecuente, pero sucede que los cónyuges son de distintos partidos políticos. En ese caso, eviten entrar en cualquier tipo de debate al respecto.

13. Creencias y prácticas religiosas

A veces salta la chispa. Quizá el marido nunca ha practicado, pero de unos años acá se ha hecho muy religioso y ella se siente desplazada en eso. Piensa que en eso debe ir más adelante que él. En consecuencia, deja de practicar. El marido, que se ha vuelto más sensible para lo religioso, está preocupado porque su esposa no practica. Empiezan a discutir de religión. Ninguno es teólogo, pero como si lo fueran.

Lo ideal es que cada uno viva la religión de una manera responsable, con libertad personal y compromiso.

LO MÁS IMPORTANTE

Ante todo, es fundamental mantenerse optimistas, saber que la presencia de problemas en el matrimonio no significa el fin de nada. En la terapia me topo con parejas que han tirado la toalla. «No nos entendemos en nada. Toda mi familia es una porquería. Yo jamás volveré a hablarle. Nunca vamos a salir de esta».

Palabras como todo, jamás, nunca , son muy fuertes y muy falsas. Por eso hay que identificar dónde están los conflictos, explorar cuáles son sus causas, ver a marido y mujer en interacción, y arbitrar soluciones, habilidades, destrezas, estrategias que sirvan para que el conflicto se resuelva enseguida.

Cuando los conflictos se resuelven, las uniones conyugales se fortalecen, se robustecen y vigorizan y, en vez de conformarse con una vida rutinaria y pobretona, la felicidad sube muchos metros. Esa es la gran batalla que hay que dar día a día. La mayoría de las parejas viven con una felicidad muy parca.

Todos los matrimonios tienen derecho a alcanzar la felicidad total. Claro que esto exige tiempo, dedicación, respeto, autocontrol, salir de uno mismo, dar la intimidad, escuchar, negociar. Y, aunque no es fácil, es lo bonito de la vida, porque el matrimonio está hecho para que los dos mutuamente se perfeccionen. Cosa que ninguno de los que están casados suele plantearse.

Usted, señor, tiene que ayudar a su mujer a que sea más perfecta. Usted, señora, tiene que contribuir a que su marido sea más perfecto. Y para eso hay que ayudarse. Porque si lo que más se quiere —el esposo o la esposa— se hace más perfecto con la ayuda propia, se le querrá más. Es un trabajo por el que vale la pena esforzarse; al fin y al cabo es lo único que se pueden llevar de la vida y lo más importante.
Resumen de la conferencia «Trastornos de la comunicación y conflictos conyugales» Aquilino Polaino Lorente Tomado de ISTMO


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El que quiera amor celeste… Primera de 2 partes

Muchos matrimonios confían su felicidad a la sensiblería y olvidan que sólo se consigue trabajando a conciencia. Por eso, cuando los problemas aparecen suponen que el amor se ha ido. Para evitar la deserción, marido y mujer deben aprender a identificar la raíz de sus conflictos. Un experto explica los 13 ámbitos más propensos para la beligerancia conyugal y nos recuerda que el amor cuesta.

Si una pareja dice que en su relación nunca ha habido conflictos, es evidente que no dice la verdad o que ambos viven de la simulación recíproca, pues se trata de una relación enormemente delicada y complicada en la que necesariamente surgirán problemas y puntos de desacuerdo.

Al buscar la unidad entre hombre y mujer —a partir de su multiplicidad y diversidad— es lógico que surjan conflictos. El matrimonio es una unión de personas con vocación de realizar una comunión interpersonal, sin que su identidad se confunda. La vivencia de cada uno debe ser comunicada al otro, de manera que se transforme en convivencia. Pero se parte de la diversidad, y eso implica ciertas dificultades.

Aunque todo sea distinto —afectividad, inteligencia, motricidad, morfología, anatomía, fisiología, personalidad…—, ambos están diseñados, desde la gestación, para completarse, no para oponerse, ni competir, ni guerrear, ni destrozarse.

Los filósofos de hace muchos siglos expresaban esta situación con el término unitas multiplex: hacer la unidad de la multiplicidad. Hombre y mujer se oponen, pero la oposición los hace coincidir.

A estas diferencias hay que agregar otra dificultad: la vida matrimonial cambia. Es lo que se conoce como ciclo vital de la familia. Unos recién casados no se comportan igual que unos esposos que acaban de tener a su primer hijo. Ya no es: «yo para ti, tú para mí, sin nadie», sino «yo para ti, yo para el tercero, tú para mí, tú para el tercero, y el tercero para y por los dos». Donde antes había cónyuges —mujer y varón—, ahora hay padres.

Tampoco es lo mismo la vida familiar con un hijo que con tres; ni el estilo educativo de una familia en una ciudad que en otra; ni convivir con un hijo enfermo que con todos sanos; ni mucho menos una familia en la que hay hijos adolescentes…

Luego llegará el momento en que los padres estén solos. Cuando esto suceda, habrán pasado muchas cosas, se habrán conocido más entre ellos y habrán pasado juntos por muchos conflictos.

¿CONFLICTOS LETALES?

Generalmente los conflictos se generan por tonterías. A veces al contrario, por fundamentos muy serios. En otras ocasiones por la rutina o porque no se conoce cada uno a sí mismo ni se conocen recíprocamente. El matrimonio es un contrato, pero sin ninguna seguridad, y menos en los tiempos que corren. Nadie puede dormirse en sus laureles y dejar de luchar: «¡Ah! Ya tengo mi contrato, venga la buena vida». Ambos deben conquistarse mutuamente, cada día, sin olvidar la propia condición humana y que, por eso, siempre habrá problemas.

Pero ni las crisis ni los conflictos son malos. Son naturales; se han dado, se dan y se darán toda la vida. Ahora bien, hay conflictos que hacen crecer al matrimonio y otros que son letales y sirven para su defunción. Conviene distinguir unos de otros.

Los conflictos pueden ser letales si se dan algunos de estos indicadores:

1. Pérdida de respeto, por palabra y obra.
2. Conflicto crónico y armado con sufrimiento, resentimientos, venganzas. Eso no puede durar mucho tiempo bien.
3. «Guerra de guerrillas». Que acaba en guerra total.
4. Infidelidad. Hoy es la primera causa de divorcio en el mundo.
5. Por eso, hay un aspecto que los esposos deben cuidar especialmente al aparecer los conflictos: el daño que puedan hacerse entre sí. Las personas que menos pueden herirnos son las que no tomamos en serio y nos son indiferentes. Pero cuanto más se quiere, más se sufre. Desde una desatención o un cumpleaños olvidado, hasta la saña premeditada en un comentario, pueden lastimar mucho al otro.

SER UN SOLUCIONADOR

Sin embargo, los conflictos hacen crecer al matrimonio si ambos cónyuges se implican en su solución en un tiempo récord. Los dos deben convertirse en lo que llamo solucionadores. Incluso, esta actitud no sirve sólo para la vida matrimonial.

Si cada esposo y esposa es un solucionador, no cabe temer a los conflictos conyugales, porque cada problema será pequeño y habrá dos solucionadores, dos grandes expertos para un problemita. Por desgracia, no existe una tienda donde llegar y pedir 15 gramos de solucionador. Como se trata de un hábito, hay que aprovechar cada instante para ejercitarse en él, solucionar problemas de manera constante es el único modo de aprender.

Hay cuatro medios que, usados correctamente, son eficaces para solucionar los conflictos en el matrimonio. Como a veces olvidamos que están a nuestro alcance, vale la pena recordarlos.

Inteligencia

Por lo general, usamos nuestra inteligencia muy poco y muy mal. Por ejemplo, si el vecino llega con un problema se le atiende, se le escucha, incluso hasta se toma nota. Sin embargo, ¿se hace lo mismo con los propios conflictos? ¿De verdad se aplica la inteligencia para resolver los problemas con la pareja? No. Se toman muy a la ligera, como si el hecho de vivir juntos les restara importancia.

Voluntad

Muchos conflictos de pareja se resolverían si cada uno y cada una tuviera un poquito más de autocontrol, eso que se lee en los libros de Psicología como: self regulation, self control . «Como es mi marido, le puedo dar un sopapo». No. Hay que controlar el brazo. «Como es mi mujer, la puedo mirar con ojos de homicida». Tampoco. Aunque se esté muy enfadado, debe mirársele con una mirada comprensiva, acogedora, tierna, penetrante.

Creatividad

Gracias a ella se pueden alumbrar posibles soluciones a los conflictos conyugales, pequeños, medianos o grandes, que se vayan dando en su vida familiar. Hay que llevar la imaginación al matrimonio. La intervención a través de esa imaginación será fenomenal. Claro que, si se usa para crear más problemas, será maldita.

Habilidades de negociación

Dado que este recurso exige poner en práctica los otros tres, me detendré un poco más en su explicación.

A NEGOCIAR SE HA DICHO

En el mundo actual, globalizado, todo se negocia. Negocien entre marido y mujer, cedan, concedan, lleguen a un acuerdo rápido. Que no haya vencedores ni vencidos. Que todos ganen y nadie pierda. Eso es hacer negocio: antes de enfadarse, negociar.

Si una persona está en un problema, por ejemplo, puede repasar los momentos anteriores de su vida cuando ha vivido alguna crisis. En esos hitos vitales, ¿cómo se resolvieron los conflictos? Vendrán luces de inmediato.

Obviamente hay que repasar los problemas que se resolvieron bien. Ver qué comparación se puede establecer entre el problema del adolescente que fui y el problema actual, de hombre casado. Observar y establecer las posibles analogías entre aquel y este problema, comparar y poner en práctica las mismas estrategias que se emplearon entonces u otras nuevas para salir adelante.

No olvidemos que los conflictos conyugales son normales, sólo que es mejor tenerlos muy de tarde en tarde. Resolverlos, por tanto, también es normal. Para eso, es fundamental que, cada vez que aparezca uno, quien considere tener la verdad sea el primero en ceder. ¿Él tiene razón? Que ceda, ya habrá otro momento, otro día lejano, para explicar por qué. Ahora no, ahora ceda.

¿Quién de los dos se considera más inteligente? Ella. Entonces que ceda antes ella. Y si no, no es más inteligente, es más tonta, porque quiere que el conflicto vaya a más: sufrir, sufrir y sufrir. Eso no es de inteligentes.

Un viejo aforismo en la medicina hipocrática sostenía que para un buen nacimiento no debía ponerse el sol, a partir del momento en que empezaba un parto hasta cuando nacía el niño. Así, el conflicto debe resolverse antes del ocaso. Si dura 5 horas, como si dura 18, pero antes de llegar la noche. Si lo hacen así, ambos ganarán, serán más felices, crecerán como personas, serán buenos expertos en negociación y solución de problemas, harán felices a los hijos y nadie perderá, todos ganarán.

De lo contrario, tendrán que ir, a veces durante años, a terapia, y quién sabe si a causa del conflicto adquieren un trastorno que les ate al psiquiatra hasta la muerte.

NEGOCIACIÓN INTERRUMPIDA

Puede haber muchos obstáculos para la negociación. Cuando uno se resiste a ceder y ni siquiera acepta que el otro lo haga, debe emprenderse una labor de convencimiento mediante el diálogo razonado y prudente, sin gritar ni machacar. El ser humano es un ser dialógico, para eso estamos hechos, pero el diálogo no se puede imponer. Habrá que buscar el momento más oportuno para suscitarlo. A veces se peca de imprudencia, quizá ahora lo que menos convenga sea platicar el asunto, se corre el riesgo de sumar otro conflicto; pero en dos o tres días se podrá hablar tranquilamente y solucionar el problema.

Nunca hay que dar por bueno eso de que se han puesto todos los medios. «Es que llevo peleando muchos años y no consigo nada». Tal vez necesite llamar a más gente que pelee con usted. O a la mejor basta con que vaya con un terapeuta.

Si yo tuviera autoridad legislativa o jurídica no admitiría ni una separación, ni un divorcio, ni una causa de nulidad, hasta no saber que realmente se han puesto todos los medios para resolver el problema, como sucede en Inglaterra. Al tramitar el divorcio, el Estado pide ocho meses de terapia familiar antes de iniciar el papeleo y se pide un informe al terapeuta sobre la actitud de ambos y así verificar la asistencia y que de verdad ha habido buena disposición.

Cuando los conflictos arrecian y se intensifican, es muy frecuente que uno de los cónyuges diga, medio en serio, medio en broma: «Bueno, hay que separarnos». Se trata de una frase con la que no hay que jugar, pues el otro puede considerarlo como una opción viable, aunque se haya dicho sin pensarlo. No puede lanzarse esa arma al otro, porque empiezan jugando y al final se cumple la predicción. Una mujer amenaza a su marido: «Mira que me separo», y un buen día el que se separa es él.

Continua la proxima semana…
Resumen de la conferencia «Trastornos de la comunicación y conflictos conyugales» Aquilino Polaino Lorente Tomado de ISTMO


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Educación y deseducación sexual

Es posible explicar lo que es el sexo de muchas maneras. Una, por desgracia, aparece cuando menos lo esperamos en un programa de televisión. Otra puede ser ofrecida en una escuela, bajo las indicaciones de la Secretaría de Educación. Otra, puede darse en casa, por los papás o los hermanos mayores. Otra, se puede recibir en la calle, entre los amigos, en una taquería…

Desde luego, hablar de “educación sexual” implica algo más que explicar lo que es el sexo. Con un poco de sentido común podemos comprender cómo el misterio de la vida, en muchas especies animales y también en muchas plantas, se transmite gracias al intercambio de cromosomas que vienen de la padre y del madre. Pero el hombre es capaz de descubrir otra dimensión de la sexualidad: la de una plenitud, la de un gozo intenso, la de una continuación del amor. Esta segunda dimensión, por desgracia, puede degenerar en búsqueda egoísta de placer, y entonces el sexo se convierte en algo parecido a la droga o al alcohol.

Para algunos parece que “educación sexual” significa precisamente eso: “disfruta, pero ten cuidado, no sea que tu compañera quede embarazada”. “Disfruta, pero mira que, por ser mujer, puedes verte, por sorpresa, esperando un niño”. El así llamado “sexo seguro” pretende ser un método para que no se inicie una nueva vida y para que tampoco ni el chico ni la chica (ni el señor ni la señora) puedan contraer alguna enfermedad de origen sexual, como el aids.

De este modo, consideramos que nuestros jóvenes (o que algunos adultos) no son capaces de controlarse, de disfrutar a pesar de los muchos riesgos que esto implica, de lanzarse a la aventura del “don Juan” sin pensar en lo que luego pueda ocurrir. La difusión del preservativo, o los programas de ventas de píldoras anticonceptivas o abortivas, demuestran para algunos los demás son incapaces de vivir su sexualidad de otra manera. Que el sexo, como todo lo humano, puede vivirse “con altura”, desde un compromiso serio y sincero como puede serlo el matrimonio entre el hombre y la mujer que se aman de veras, sin egoísmos ni trampas engañosas.

Por lo mismo, se hace urgente iniciar un nuevo tipo de educación sexual. El presupuesto de partida no puede ser otro que este: cada hombre y cada mujer puede ordenar y controlar sus propios actos por fines y amores más elevados que los simples instintos del placer y del miedo. Cada hombre y cada mujer están llamados a vivir el amor con responsabilidad, y esta responsabilidad también debe darse cuando se unen sexualmente dentro del matrimonio, en el marco del mutuo respeto y del amor generoso. Cualquier otro tipo de relación sexual lleva a dos callejones que no son dignos del hombre: o se inventan trucos para evitar un hijo no esperado ni deseado (incluso con su asesinato por medio del aborto), o se trae a este mundo a un nuevo ser humano en condiciones injustas y peligrosas, como son la falta de unos padres que vivan unidos con un amor verdadero y comprometido.

Un programa de educación sexual que no crea que los jóvenes son capaces de vivir sin relaciones sexuales antes del matrimonio es un programa que desprecia a nuestros hijos, y que también dice mucho de nosotros mismos, de nuestros miedos y egoísmos. Si realmente hay quien cree que un joven es incapaz de la castidad, también, en el fondo, lo considerará incapaz de vivir a fondo un compromiso serio y sincero ante la otra o el otro, ante la sociedad entera… O, de otra forma, si quienes promueven el preservativo creen (y estamos seguro que lo creen) que un chico o una chica son capaces de ser “prudentes” a la hora de tener una relación sexual, ¿por qué no se lanzan a proponerles metas más elevadas y más hermosas, como son el poder llegar al matrimonio habiendo logrado el mayor respeto recíproco, sin cometer actos sexuales prematuros e incoherentes con un amor pleno y plenificante?

Vivimos en un mundo en el que los ideales de otras generaciones nos parecen inalcanzables. No nos damos cuenta de que, de este modo, quizá un día las próximas generaciones se rían de nosotros porque defendimos valores como la tolerancia, el respeto, la justicia, “ideales inalcanzables” según ellos… El hombre puede lograr mucho más de lo que puede imaginarse él y de lo que puedan decir los demás. Tal vez nos hemos acostumbrado a ver lo contrario: el descenso de quien se deja llevar por su cuerpo y va de flor en flor en busca de nuevas experiencias y aventuras placenteras. Pero eso no puede dar como resultado un buen ciudadano, ni un futuro esposo o esposa fiel, ni un padre o una madre de familia capaz de dar algo que valga la pena a sus hijos.

Es urgente promover una educación sexual que enseñe el respeto, el autocontrol, el aprecio por los demás, y la capacidad de darse “hasta la muerte” que deseamos a todos los que se acercan al matrimonio. Quizá habrá que empezar, por lo tanto, una auténtica y genuina formación sexual en familia, pues es allí donde los hijos puede descubrir un modelo de amor generoso y fiel. Siempre es tiempo para dar ese ejemplo. Y nunca nos arrepentiremos de haberlo dado.


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Cariño y conflictos de pareja

Algunos conflictos de pareja tienen un origen que podría ser considerado como “bueno”. El esposo, por amor a la esposa, se enfada si ella sigue fumando, si no cuida esa tos crónica, si va a ir a un barrio donde hay pocos policías y muchos ladrones. La esposa, igualmente, está inquieta por lo poco que duerme el esposo y lo mucho que trabaja, por esa mañana que fue a trabajar con un poco de fiebre, por el club que ha escogido con amigos no muy recomendables.

En el fondo de estos enfados se esconde, generalmente, el cariño. No queremos que el otro sufra, o que se arriesgue, o que se enferme, o que arruine su psicología, o que haga algo malo. Por su bien, porque le queremos, repetimos una y mil veces los mismos consejos, las mismas súplicas, para evitar males reales o imaginados.

Pero a veces esas muestras de cariño y de buena voluntad llegan al conflicto, y entonces el amor queda en segundo lugar para dejar paso a la lucha abierta.

Parece mentira, pero hay matrimonios que han fracasado a partir de un choque que nació del cariño, de una preocupación por el bien de la otra parte. Quizá antes haya habido otros enfrentamientos, otra serie de factores que han dado más relieve a la chispa. La “terapia matrimonial” consiste precisamente en ir amortiguando los golpes de cada día para que no se produzca un choque total a partir de un conflicto que inicie precisamente con un consejo que nace del amor que tenemos hacia la esposa o el esposo.

Con un poco de serenidad podríamos darnos cuenta de que el amor nos debe llevar al interés por el otro y, a la vez, al respeto de su libertad, también cuando hace algo que nos parece peligroso o con lo que no estamos de acuerdo. La vida matrimonial no garantiza un dominio absoluto sobre la voluntad de la otra parte. Es por eso tan importante renovar continuamente los lazos de amor que permiten superar los roces cotidianos, que permiten acoger un consejo no como una ingerencia en “mis” planes, sino como una nueva muestra de afecto por parte de quien me quiere y al que yo quiero.

Esa es una manera eficaz de superar los tan temidos roces cotidianos. Cuando mamá proponga a qué escuela mandar al más grande de los hijos será posible una notable diversidad de puntos de vista. Pero el cariño permitirá que cada decisión de la pareja y de la familia no sea una herida que erosione la vida común, sino una ocasión para renovar el sí y caminar juntos hacia adelante. Ello será posible si aprendemos a dialogar, a ver el otro punto de vista, a armonizar las ideas y a tomar decisiones serenas y equilibradas, que no serán siempre algo intermedio entre lo que cada uno consideraba como lo mejor, sino a veces lo que quería una parte porque la otra parte ha sabido ceder en aspectos no esenciales (siempre, desde luego, en el límite de lo razonable).

Sólo al final de la vida, cuando crucemos el umbral de la muerte hacia el mundo que nos espera, nos daremos cuenta de lo hermoso que es vivir, ya en esta tierra, centrados no en nuestro punto de vista, sino en aquello que pueda hacer feliz a quienes viven a nuestro lado. Especialmente cuando ese alguien es el propio esposo o la propia esposa.


Aprender hablar en familia

A veces nos quejamos de que las familias no se hablan. No es que no se hablen el papá y la mamá, los papás y los hijos, los hermanos entre sí. Lo que pasa es que parece que no hay tiempo para sentarse y discutir, con calma, sobre los temas que interesan a todos.

Resulta necesario, hoy como siempre, aprender el difícil arte del diálogo. La primera lección es fácil de comprender pero difícil de practicar: para poder entablar un verdadero diálogo hace falta abrir un buen espacio en el propio tiempo para, simplemente, ponerse en actitud de escucha. Sí: escuchar es la primera condición para poder empezar un diálogo, pues nos permite acceder a la intimidad, a los intereses, a los dolores y cansancios del otro. Al mismo tiempo, dispone nuestro corazón para la acogida. Dialogar no es siempre dar. Muchas veces, quizá la mayoría, será recibir, aceptar, tal vez aguantar, pero todo con un cariño especial: alguien me abre su corazón, su vida, sus angustias y sus esperanzas. Me interesa lo que dice porque me interesa lo que es, lo que sueña, lo que ama.

Encontrar tiempo para escuchar significa dejar de lado otras cosas que nos interesan mucho, pero que no son tan importantes. Muchas veces nos quejamos de la falta de tiempo. Y, sin embargo, pocos hombres y pocas culturas han gozado y gozan del tiempo libre que el mundo moderno ha puesto a disposición de muchos (aunque, por desgracia, no de todos). Lo que pasa es que ese tiempo libre ha quedado llenado por mil cosas que nos impacientan, nos agobian, nos aplastan. Conviene, de vez, en cuando, renunciar, dejar, apagar, detener el frenesí habitual. Sentarse con la esposa o el esposo, llamar a los chicos (que también viven frenéticamente entre el deporte, los estudios, los amigos y la televisión, si es que no han caído en el vicio devastante de los “videojuegos”) y crear un clima para la escucha. Lo que uno deje de lado será siempre menos importante que el amor entre los esposos y el amor entre padres e hijos. Aunque se trate de no ver algún día un partido de mi equipo favorito…

Si el tiempo es una condición elemental para que se dé un diálogo en la familia, la segunda condición resulta igualmente básica, pero un poco más difícil. Conversar significa que escucho a alguien que me dice algo, o que hablo ante alguien que me escucha. “¡Elemental, has descubierto América…!” podrá decir alguno. Pero no es tan fácil tener “algo que decir”, encontrar eso nuevo, interesante, humano, enriquecedor, que hace que tengamos unas ganas enormes de hablar, de gritar, de comunicar lo que hemos descubierto u otro me ha enseñado.

Muchos silencios en familia nacen de la triste realidad del “no sé qué decir a los míos”. Esto puede tener dos causas: o los míos no se interesan para nada de mí (y entonces ya no son tan “míos”); o yo pienso que soy tan pobre humanamente que no puedo decir nada nuevo.

Basta con abrir un poco los ojos ante el misterio de la vida para encontrar que hay mucho, muchísimo que decir. Hoy será el esposo y padre que cuenta una aventura en su trabajo, y cómo ha descubierto que un amigo, tenido por todos como tramposo, resultó ser de una honestidad ejemplar. Mañana será la esposa y madre que también habrá descubierto algo en el trabajo o en las tareas domésticas, o que habrá escuchado un programa interesante en la radio. No son pocas las familias en las que los papás cuentan a los hijos una película que acaban de ver, o un viaje interesante que hicieron de jóvenes, o la historia del abuelo o de la abuela, esos ancianos que también tienen mucho que decir en el mundo familiar. Y los pequeños y los no tan pequeños podrán también enriquecer a los demás con las aventuras de la escuela, o un accidente en el juego, o el encuentro por la calle con un misterioso señor de barbas largas que anda todos los días con un carrito ruidoso por entre las palomas de la plaza mayor…

Cada hombre y cada mujer tienen su “pequeña historia” y su “pequeña ciencia”, encierran un libro que experiencias y de consejos que pueden servir para todos. También los jóvenes pueden dejar perplejos a sus mayores cuando exponen reflexiones que dan mucho que pensar por el radicalismo y el anhelo de justicia que es propio de quien empieza a asomarse al mundo de los adultos (muchas veces ya acomodados en nuestras perezas o cobardías). Pero no por ello dejarán esos mismos jóvenes de sentir la necesidad de una palabra de aliento a la hora de escoger una carrera, de optar por un trabajo, de iniciar a salir con un chico o una chica que quizá mañana podrá ser el esposo o la esposa para siempre…

Aprender a dialogar en familia es algo asequible a todos. Basta con apagar, de vez en cuando, el interruptor general de la electricidad de la casa y reunir a “toda la tribu” en el cuarto más grande para, simplemente, escuchar y hablar. Así se ahorrará algo en la cuenta de luz. Pero, sobre todo, se ganará mucho en la cuenta del amor familiar. Y ese no tiene precio en el mercado.


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Algunos límites de la familia política

Desde antes de la boda, y con modalidades más concretas después de la misma, un hombre y una mujer que se casan establecen puentes de relación con las familias de él y de ella.
El esposo conoce a la familia de la esposa, la esposa a la familia del esposo. Los respectivos padres empiezan a tratar al yerno o a la nuera con mayor intensidad, al mismo tiempo que modifican muchas veces el modo de relacionarse con el propio hijo. Todo sería relativamente sencillo si cada uno ocupa su lugar y no supera sus límites.
Los suegros son buenos suegros cuando respetan la opción matrimonial del hijo o de la hija, aunque en no pocas ocasiones sientan cierta prevención hacia la otra parte. Quizá porque pensaron que su hijo o hija escogieron mal, o que se precipitaron, o que el yerno o la nuera no tienen las cualidades que los suegros desearían, etcétera. Otras veces no hay prevenciones o disconformidades, pero en la vida concreta se producen interferencias más o menos problemáticas desde la familia política hacia la nueva familia.
La situación vista desde los esposos puede ser muy variada. Quizá uno de los dos (o los dos) sigue muy enganchado de sus propios padres, hasta el punto de insistir continuamente en comer o cenar con ellos, o en invitarlos a casa. En ocasiones la otra parte se siente molesta, desea más independencia, comienza a reprochar al cónyuge por seguir tan aferrado a su familia de origen y dañar así el camino de maduración de la pareja.
Otras veces uno de los esposos adquiere un papel dominante y exige a la otra parte un corte radical, incluso excesivo, hacia sus padres. En estos casos pueden llegarse a imposiciones arbitrarias que hieren el corazón de la parte “sometida”: la esposa o el esposo dominado sigue siendo hijo y, seguramente, conservará el cariño hacia sus padres, aunque el cónyuge busque separarlo de ellos.
Como se intuye, las situaciones que pueden darse son muchas y complejas. Las que acabamos de esbozar son sólo algunos casos problemáticos. Lo cierto es que las parejas tienen con frecuencia serias dificultades en armonizar el cariño y el trato debido hacia sus propios padres, por un lado; y por otro, la autonomía adecuada que necesita la nueva familia para configurarse y recorrer su propio camino.
Por eso resulta de ayuda recordar dos ideas que tienen importantes aplicaciones. La primera es que un hijo es siempre un hijo, y unos padres son siempre padres, aunque el hijo contraiga un matrimonio y empiece a vivir en una casa propia.
Ello significa que el matrimonio no puede convertirse en una ruptura inhumana y dolorosa respecto del propio pasado. Cada hijo debe reconocer que merecen sus padres, cómo mostrarles cariño, en qué asuntos (sobre todo si son mayores) habría que ayudarles.
La segunda idea es que la nueva familia, si no existen enfermedades de tipo psicológico o niveles de inmadurez graves, está llamada a configurarse desde la pareja, sin injerencias abusivas desde las familias políticas (sobre todo desde los padres) del esposo o de la esposa. Ello significa que el peso de la marcha del nuevo hogar recae de modo completo en la pareja, sin que esto sea obstáculo para mantener una sana relación con los propios padres o con los padres de la otra parte, y así lograr esa armonía que tanto ayuda a todos.
Una familia no puede madurar si gira continuamente en torno a sus orígenes. El centro de gravedad de la nueva pareja tiene que ser el amor mutuo, al que se añaden las obligaciones hacia los hijos que puedan nacer.
Son dos pistas importantes que pueden ayudar a todos, a los familiares políticos y a los esposos, para armonizar los deseos buenos y las aspiraciones legítimas de todos.
No faltarán, ciertamente, momentos de dificultad y diferencias de opiniones. Con un poco de paciencia y un mucho de sano respeto será posible afrontarlas de la mejor manera posible: para el bien de los esposos, y para la paz en los corazones de sus respectivas familias políticas.

(Conceptos resumen)
 Puentes de relación con las familias
 Armonizar el cariño y el trato hacia sus propios padres
 Deseo de independencia
 El centro de gravedad de la nueva pareja es el amor mutuo y la obligación hacia los hijos.