El que quiera amor celeste… Segunda de 2 partes.

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El que quiera amor celeste… Segunda de 2 partes.

Continuación de la semana anterior…

TRECE ÁMBITOS CONFLICTIVOS Y COMO RESOLVERLOS

1. Comunicación

Cuando surge un conflicto, frecuentemente lo que hay es un problema de comunicación. Es la causa de la mayor parte de los problemas conyugales (85%).

¿De qué hablar en el matrimonio? De todo, pero principalmente de la intimidad. Lo más difícil, lo que más cuesta, lo más necesario, lo más útil, lo que a diario conduce a la felicidad.

2. Valores

¿Cuántas veces han hablado marido y mujer de valores? Una vez hice un experimento muy crítico y un tanto fuerte. Seleccioné unos matrimonios con hijos. Vi a cada cónyuge a solas para que me dijera en qué cinco valores, jerárquicamente, estaba educando a los hijos. Ningún valor coincidía en algunas parejas, entre el marido y la mujer.

Si se pregunta a una señora cómo ordenaría su marido diez valores —honradez, laboriosidad, valentía, generosidad, simpatía, sinceridad, magnanimidad, tolerancia, solidaridad y fortaleza, por ejemplo— y no lo sabe, esa mujer no conoce a su marido. Y, lo más grave, ¿en qué está educando a sus hijos esa pareja?

3. Cómo vive un cónyuge la profesión del otro

La mujer siempre está enfadada porque el marido viene muy tarde y se levanta muy temprano. Pero como actualmente tantísimas mujeres trabajan, lo que encontramos en los maridos son otros problemas.

«A mí me molesta muchísimo que mi mujer nunca venga a comer»; «Hasta ahora estaba muy contento de su trabajo pero, como la han promovido en la empresa, tiene que hacer tres viajes a la semana, y ya le he dicho que o empresa o familia»; «Últimamente ha cambiado de trabajo y resulta que come fuera con sus compañeros de trabajo, por cuestiones de la oficina»; «Mi mujer gana más que yo y eso lo llevo mal»… Lo importante es que ambos detecten hasta qué punto el trabajo es ya un obstáculo y no un medio al servicio de un fin.

4. Poder: su reparto y toma de decisiones

Desde Adán y Eva hasta hoy, la mujer ha mandado en casa y hacía como que mandaba el marido. De unos años para acá, ya ni eso hace. Por tanto, hay que adaptarse al cambio o recambiar el cambio.

El poder en una familia es enorme, tanto, que debe repartirse. Por ejemplo, quién decide qué comer, qué coche comprar, dónde ir de vacaciones, el colegio de los niños… En los primeros años del matrimonio suele ocurrir que cada uno va a la conquista de más poder, luchan por ver quién gana y eso no es bueno, porque la familia no está para conseguir poder.

Quien esté mejor preparado para algo deberá gobernar ese determinado asunto. Si la mujer es una excelente contadora, que se ocupe de los presupuestos, pagos, gastos. Si el marido es muy humanista y confunde los números, ¿cómo va a llevar eso? Están para ayudarse, no para matarse. Por tanto, uno delega en otro lo que escapa a sus capacidades. La familia no es monárquica, es bicéfala. Y cada cabeza vale tanto como la otra, no menos, no más.

La racionalidad debe aplicarse al poder, a su reparto y cambio. Por eso, hay que dialogar las decisiones. Basta con que uno decida sin consultar al otro para que comience un conflicto.

5. Familia de origen

«Hay que abandonar a padre y madre para casarse».Pues eso se pide: abandonar. ¿Quién está antes en el orden del afecto de un cónyuge, sus padres o su pareja? Primero su marido, primero su mujer; luego los hijos y después los padres. Esto no quiere decir que haya que dejar de querer a los padres y no vivir la justicia con ellos. Si están enfermos o necesitan ayuda, los hijos casados deberán atenderlos, pero el afecto tiene que ser ordenado.

6. Economía

Esto cada día crea más problemas. «Mi mujer es manirrota, gasta demasiado»; «Mi marido se dedica, como buen ludópata que es, a gastarse el dinero y, claro, arruina a la familia». O la mujer que ahorra, sin comentárselo a su marido, para hacer regalos a dos sobrinas. ¿Dónde está la confianza? «Es que si le digo algo se enfada».

Basta con negociar el presupuesto, ver si pueden cubrir un gasto extraordinario y hablar siempre con la verdad por delante.

7. Sexualidad

Si un cónyuge ignora qué es lo que más satisface al otro en las relaciones sexuales, está viviendo muy mal su matrimonio. No valen los pretextos, ella tiene derecho al cuerpo de él y viceversa. Y de eso se puede hablar limpiamente, no como carniceros.

A veces viven la sexualidad sin afectividad. Eso es un desastre. No hablan, pero sí tienen relaciones íntimas. Hay que cuidar mucho este aspecto, ser muy cariñosos, sobre todo los varones. Suele ocurrir que la mujer se sienta violada por su marido, sólo porque él no es delicado ni afectuoso con ella.

También ocurre que han discutido de algún problema y la contestación se presenta en este ámbito. Como han discutido, el sexo es la forma de tomar la revancha: él muestra su deseo y ella se niega. Luego, él traslada el problema sexual a otra órbita. Ella le pide dinero para los gastos y él se lo niega, hasta que la situación se torna insoportable.

Cada problema hay que resolverlo en su propio ámbito; no cabe escapar de un ámbito y buscar compensaciones en otro, porque si no todo se enreda cada vez más.

8. Ocio y tiempo libre

Cuando ya hay hijos, esto es muy importante. Es absolutamente necesario que marido y mujer busquen ratos de ocio y tiempo libre porque es el ámbito en que dos personas se encuentran. No para hablar de los hijos ni para sacar la navaja, pelear y pasarse facturas no pagadas, sino simplemente para pasarlo bien. Simplemente para mirarse, para sacar lo que uno tiene en su intimidad y compartirlo; para coincidir en un lugar de encuentro.

9. Educación de los hijos

Habitualmente el hombre ha delegado la educación en la mujer. Esto es pésimo para los hijos. A veces aparece el conflicto porque ella grita mucho a los hijos y él no lo soporta. Conozco hombres que se han divorciado por eso.
Tampoco vale que la mujer diga: «ya verás cuando llegue tu padre». Él no es un gendarme que siempre saca la porra. El padre tiene que jugar con los hijos —de dos años, y de tres, y de cinco, y de diez—, darles su tiempo todos los días.

Las madres, que son buenas educadoras, se darán cuenta que cuando un padre toma esa responsabilidad es capaz de hacerlo tan bien como ella. Un señor que se lleva a sus hijos un domingo por la mañana a cualquier lugar y regresa con unos niños encantados de haber estado con su padre, es lógico que la madre se una más a su esposo. La relación padres-hijos mejora la relación esposo-esposa.

Una de las cosas que generalmente más admiran los hombres es lo buena madre que es su mujer. ¿Qué pasaría si una de las cosas que más admirasen las mujeres fuera el buen padre que es su marido? Pero, por el momento, los varones ni se han matriculado en la asignatura. Hay que hacerlo enseguida.

10. Salud física y psíquica

Esto les toca a casi todas las parejas: quien no tiene una hepatitis, tiene una úlcera, reuma, cataratas… Pero también sucede en lo psíquico. Hay matrimonios que se han unido muchísimo por la enfermedad de los hijos, y al revés.
El impacto de la enfermedad en la familia es tremendo —en tiempo, dinero, agresividad, esfuerzo, frustración—. No se puede dejar solo al otro cónyuge con un hijo enfermo.
La enfermedad de los suegros también es posible causa de problemas. A veces él no quiere saber nada: «son tus padres». También sucede lo contrario. Conozco un caso en que estaban a punto de romper. De pronto, la madre de ella enfermó y él le dijo que no durmiera todas las noches con su madre, que se turnarían. El marido sintonizó muy bien con la suegra y propuso ir él todas las noches. Ella estaba encantada de que su yerno estuviera ahí, incluso le pidió a su hija que ya ni fuera, porque su marido la atendía muy bien.

Esta mujer que estaba a punto de romper su matrimonio, me dijo: «Si alguna vez he sentido que mi marido me ha querido es cuando se iba todas las noches a cuidar de mi madre». Se acabaron los problemas. La enfermedad, la salud, pueden unir mucho o romper mucho.

11. Relaciones sociales

¿Quiénes entran a la casa? ¿Sólo los amigos de ella? ¿Sólo los compañeros de trabajo de él? ¿Es una casa abierta, semiabierta, cerrada? ¿Han perdido amistades desde que se casaron? ¿Es fácil hacer amistad? ¿Cenan a veces fuera con otros amigos? ¿En casa se oye música? ¿Hay ruido y televisión? ¿Se puede leer algún libro? ¿Hay alguien que alguna vez pueda contar un cuento a los hijos, antes de dormir? Estos son los puntos que hay que tocar en este rubro. En una familia encapsulada es muy probable que aparezcan problemas.

12. Política y debate cultural

No es muy frecuente, pero sucede que los cónyuges son de distintos partidos políticos. En ese caso, eviten entrar en cualquier tipo de debate al respecto.

13. Creencias y prácticas religiosas

A veces salta la chispa. Quizá el marido nunca ha practicado, pero de unos años acá se ha hecho muy religioso y ella se siente desplazada en eso. Piensa que en eso debe ir más adelante que él. En consecuencia, deja de practicar. El marido, que se ha vuelto más sensible para lo religioso, está preocupado porque su esposa no practica. Empiezan a discutir de religión. Ninguno es teólogo, pero como si lo fueran.

Lo ideal es que cada uno viva la religión de una manera responsable, con libertad personal y compromiso.

LO MÁS IMPORTANTE

Ante todo, es fundamental mantenerse optimistas, saber que la presencia de problemas en el matrimonio no significa el fin de nada. En la terapia me topo con parejas que han tirado la toalla. «No nos entendemos en nada. Toda mi familia es una porquería. Yo jamás volveré a hablarle. Nunca vamos a salir de esta».

Palabras como todo, jamás, nunca , son muy fuertes y muy falsas. Por eso hay que identificar dónde están los conflictos, explorar cuáles son sus causas, ver a marido y mujer en interacción, y arbitrar soluciones, habilidades, destrezas, estrategias que sirvan para que el conflicto se resuelva enseguida.

Cuando los conflictos se resuelven, las uniones conyugales se fortalecen, se robustecen y vigorizan y, en vez de conformarse con una vida rutinaria y pobretona, la felicidad sube muchos metros. Esa es la gran batalla que hay que dar día a día. La mayoría de las parejas viven con una felicidad muy parca.

Todos los matrimonios tienen derecho a alcanzar la felicidad total. Claro que esto exige tiempo, dedicación, respeto, autocontrol, salir de uno mismo, dar la intimidad, escuchar, negociar. Y, aunque no es fácil, es lo bonito de la vida, porque el matrimonio está hecho para que los dos mutuamente se perfeccionen. Cosa que ninguno de los que están casados suele plantearse.

Usted, señor, tiene que ayudar a su mujer a que sea más perfecta. Usted, señora, tiene que contribuir a que su marido sea más perfecto. Y para eso hay que ayudarse. Porque si lo que más se quiere —el esposo o la esposa— se hace más perfecto con la ayuda propia, se le querrá más. Es un trabajo por el que vale la pena esforzarse; al fin y al cabo es lo único que se pueden llevar de la vida y lo más importante.
Resumen de la conferencia «Trastornos de la comunicación y conflictos conyugales» Aquilino Polaino Lorente Tomado de ISTMO